Dom. Jun 26th, 2022

El autor con botarga Puebla de Beleña en 2022

  • In memoriam José Ramón López de los Mozos, una de mis puertas en el mundo de la botarga.

  • Manuel Vicente Sánchez Moltó es el reportero oficial de Alcalá de Henares

Foto por Myriam Trujillo

ALCALÁ HOY hizo un completo recuento del encuentro de botargas que tuvo lugar el pasado 12 de febrero en el Centro Regional Castilla-La Mancha de nuestra ciudad. Muchos que desconocían esta tradición festiva de las tierras occidentales de la provincia de Guadalajara quedaron sorprendidos con este magnífico desfile de personajes grotescos, cuyas raíces se remontan al mundo prerromano. Eso sí, fuera de su contexto cultural, por lo que cabe aclarar que quien realmente quiera comprender el significado de esta manifestación milenaria debe hacerlo en su propio entorno, solo así podrá acercarse a su significado profundo, sin guardar el anecdótico.

Hace más de treinta años tuve mi primer encuentro con el mundo de la botarga. Fue en Retiendas un frío 2 de febrero durante la procesión de la Virgen de la Candelaria. Me sorprendió mucho y desde entonces me ha atraído el tema. He leído mucho al respecto y, a mi manera, también he investigado, en la creencia de que también estaban en esta provincia artificial de Madrid, creada por capricho de Javier de Burgos en 1833, a partir del despojo de territorios. de Ávila, Segovia, Guadalajara, Cuenca y Toledo, añadiéndose a lo que había sido el alfoz de la ciudad y de la corte y transmutado siglo y medio después en lo que hoy es la Comunidad de Madrid. La visita de la botarga en Alcalá me pareció un motivo más que justificado para dar a conocer unos breves apuntes de lo que he conseguido recoger en los últimos años sobre el tema.

Hablando de máscaras en España, en 1838 Basilio Sebastián Castellanos (1807-1891) nos explicaba: «Finalmente en Castilla y pueblos cercanos a Madrid vi danzas, especialmente en Morata del Tajuna, de jóvenes elegantemente vestidos y guiados por un maestro llamado Botarga, que es un baco o payaso con el rostro ennegrecido o cubierto por una máscara de tela del mismo color que el traje habitualmente negro, que llevaba en la mano una especie de bacanal de Tirso , quien no es otro que el palo del maestro de baile de nuestros actuales bailes de máscaras”. Es la primera noticia que tenemos de la existencia de una botarga en este país, limítrofe con la Tierra de Alcalá y por tanto histórica y culturalmente ligada a ella. No sabemos cuándo desapareció esta costumbre y parece que se ha perdido toda memoria, ya que Jesús de la Torre en su historia documentada de esta ciudad nada dice de esta celebración.

Castellanos, en 1841, también hace referencia al antiguo Corpus de procesión Madrid antes Carlos III prohibió la participación de bailes y gigantes, gigantillas y tarascas. Explica cómo en la víspera, “un hombre vestido de manera grotesca llamado el mogigón salió de la parroquia de Santa María, llevando en la mano un palo con dos colgantes de vegigas de cordero hinchadas, con esta botarga iba una porción de hombres y mujeres vestidos de muertos, y ellos de ángeles, con alas y barriles blancos… A esta comparsa le seguían el pandero y la gaita del país, músicos que el cabildo tenía para las fiestas, y descendientes de los que ahora existen en el país …, rezan en las romerías de los pueblos de la provincia.» La equivalencia entre mojigón y botarga es evidente. En el momento en que escribe ese texto afirma que «En la ciudad de Getafe, a dos leguas de Madrid, todavía se le da este nombre a la botarga o payaso que dirige el baile en sus fiestas”. Incluso en Getafe se ha perdido todo el recuerdo de esta celebración.

En un artículo sin firmar, publicado en 1875 en el diario madrileño «El Globo», la información sobre esta figura del Corpus madrileño es un poco más extensa: «en un extremo del andén estaba el Mojigón con un palo del que colgaban higos , que dio origen al juego que aún perdura en el entierro de la sardina.” Es evidente que se refería al famoso “Al higuí, al higuí, con la mano no, con la boca sí”, con el que los niños estaban distraídos.

Así lo confirma tres años después José Huertas, cuando se refiere al entierro de la sardina, punto final del carnaval madrileño, que se celebraba en la Pradera del Canal del Manzanares. Entre todos los diversos personajes que se enmascaraban en la pradera, menciona a los «Pobres diablos con botarga de alas de mosca y antifaz casero, adquiridos en la carbonera de su casa sin otro trabajo que el roce». Es decir, con la cara manchada de negro, lo que nos remite a la mencionada botarga de Morata de Tajuña y que, entre otras cosas, aún se conserva en la botarga de Fuentes de la Alcarria, en Guadalajara.

Aquella citada celebración del Corpus de Madrid aún se celebraba a finales del siglo XIX en la que fuera la ciudad de Fuencarral, antes de ser tragado en 1951 por el monstruo de la capital. En abril de 1891, hablando de una romería religiosa, en la que participaron las parroquias de Fuencarral y Alcobendas, con gran número de romeros, afirma que «La botarga, provista como un Solesio de un bastón de mando con vejigas por borlas, daba puñetazos a la multitud . » Tres años más tarde, en 1902, Gabriel María Vergara (1869-1948) relataba cómo recibió la noticia de que «la alabanza» se celebraría en Fuencarral, que consideraba en desuso desde hacía dos siglos. De hecho, el 3 de mayo comprobó personalmente que aún se celebraba en honor a la Virgen de Valverde, en la puerta de su santuario, situado a dos leguas de Fuencarral. Describe cómo «Los personajes que aparecen en la loa son veinte: el alcalde, seis guerreros cristianos, seis musulmanes, tres pastoras y tres pastores, y la botarga, todos niños de ocho a diez años, más o menos». No es de extrañar la existencia de la botarga para niños, como lo demuestra el hecho de que aún hoy pervive en Robledillo de Mohernando.

En El vertedero En 1893 aún subsistía la «tradicional costumbre de celebrar el Día de los Reyes Magos, por la hermandad de Dios titulada, fiesta en la que dos individuos enmascarados hacen el papel de botarga y botarguilla, y cobrar a través de ellos, que lleven un testigo, fondos y provisiones para llevar a cabo la fiesta”. Sucede así que quienes en su momento representaron a estos personajes eran miembros de la familia de «los chatos», autores de un horrible crimen que conmocionó a la sociedad, pues retuvieron durante cuarenta días y estrangularon a quien la prensa bautizó como «el niño de El Escorial». Y he aquí un sorprendente fenómeno de identificación de las personas con los personajes que encarnan. Una vez conocidos y probados los hechos, el exjuez municipal, José López, inició una recogida de firmas para que el ‘próximo año’ nadie vestidos como botarga y botarguilla por haber recordado estas costumbres en la época del martirio del niño Pedrín y por haber profanado así los antiguos trajes de Chatone y Crisanto. Desconozco si este trágico hecho marcó el final de esta tradicional celebración, pero lo cierto es que no he encontrado ningún testimonio posterior de su celebración.

Lo que sí sé es que actualmente la botarga participa en el desfile de las fiestas de San Sebastián que se celebra en la cercana ciudad de San Lorenzo dell’Escorial. Aunque poco tiene que ver con la botarga tradicional, ya que viste un traje de arlequín y una máscara veneciana.

Bottarga suele acompañar otras manifestaciones festivas como novilla. El 20 de enero, coincidiendo con la festividad de San Sebastián, en la localidad serrana de canenza Sale la novilla, formada por una estructura de madera con cuernos, que es ricamente ataviada por las mujeres del pueblo. Lo lleva la «Madronga» y lo acompañan los «los botarga» que llevan los cencerros atados a la cintura. Recorren las calles del pueblo, ofreciendo a sus vecinos vino, símbolo de la sangre de la ternera para ahuyentar los malos espíritus de quienes la beben. Conjuntamente con el Carnaval todos los días por la tarde salen a Canencia los Morandangos, enmascarados y vestidos con ropas grotescas que persiguen a las personas para asustarlas.

Incluso en Carnaval, un puebla de la sierra, se celebra el «Día de la botarga», en el que corre la novilla, acompañada de una o varias botargas, cubiertas con pieles de chivo, con grandes cencerros en la cintura y en la espalda y portando una cachiporra. El grupo persigue a los participantes, entre bromas y risas. Al caer la noche, los pistoleros matan a tiros a la vaquilla y todos beben sangría, como la sangre de una vaca.

También en el ciclo vacacional de invierno (enero y febrero) salen las vaquillas en otros pueblos serranos de Madrid: Navarredonda, San Mamés, Navalafuente, Braojos, Fresnedillas de la Oliva, Los Molinos, Pedrezuela, Colmenar Viejo, Miraflores de la Sierra, Valdemanco y Andamios del vidrio. En estos casos los personajes vestidos con ropas grotescas y con cencerros acompañando a la vaquilla no son llamados botargas, sino mascaros en Braojos, perreros en Miraflores, currumaches o gurrumaches en Pedrezuela o judíos en Fresnedilla. A pesar de ello, su simbolismo y significado es muy cercano, si no perfectamente identificable, al de la botarga.

La única botarga directamente relacionada con las de Guadalajara y que aún hoy persiste es la de pezuela de las torres, que formó parte de la Tierra de Alcalá hasta que se le concedió el título de villazgo en 1554, pero que siguió vinculado hasta buena parte del siglo XVIII, formando parte del llamado Municipio de las Veinticinco Villas, heredero de la antigua Tierra. Antiguamente, en vísperas de la festividad del Santísimo Cristo del Socorro (14 de septiembre), la botarga salía al encuentro de los músicos que llegaban en coche desde Sacedón, Pastrana o Yebra, la ciudad del popular Bartolo, cargados de su música instrumentos , para amenizar los cinco días de celebración. Cuando llegaron a la casa de la tía Marca, se cambiaron de ropa y comenzaron el recorrido por el pueblo con botarga. A su alrededor se había reunido una multitud de niños, a los que la bottarga se encargó de mantener a raya para que no le quitaran el melón que tenía en el trasero. La botarga en algunos momentos se perdía por atajos para pillar desprevenidos a los chicos. Como tantas otras, la fiesta dejó de celebrarse, hasta que en 1999 la Asociación Cultural «Las Torres» recuperó la tradición, saliendo al encuentro en aquella ocasión la banda de música y el desaparecido grupo de Majorettes de la Peña El Quijote de Alcalá. Actualmente la botarga va enmascarada y vestida con un traje de arlequín, portando un palo con una cuerda de la que cuelga una vejiga, con la que persigue y asusta a los más pequeños.

Y ahí queda la gran pregunta que se harán los lectores que han permanecido fieles hasta aquí: ahí estaba la botarga. Alcalá? Los documentos confirman que, al menos en 1756, participó en el desfile del Corpus Domini, junto con las danzas y los seis gigantes y la gigantilla. Así, hay una compensación de «doce reales por un par de zapatos que, por orden de los Caballeros Capitulares, se entregó a la botarga que asistió al Baile en dicho día del Corpus». Todavía hoy en Valverde de los Arroyos (Guadalajara) la botarga hace su aparición en la fiesta del VIII Corpus, junto a los danzantes y los pitero o el flautista de Hamelín (dulzainero), que hace de guía del baile.

Bottarga es una prueba más de que lo que ha unido geografía, historia y cultura no se puede desligar de intereses y decisiones políticas.