Vie. Abr 19th, 2024
La entrada a Mina Conchita, en Asturias, de donde salieron los explosivos, fue cegada con piedras y bloques de hormigón.

El silencio y el olvido parecen haber inundado esta casa, testigo de uno de los episodios más oscuros de la historia reciente de España. Los vecinos del Polígono 44 de Chinchón prefieren no hablar del tema, evitando así remover viejas heridas. La casa se encuentra en un lugar apartado, rodeada de naturaleza, lejos del bullicio de la ciudad, lo que la convirtió en el lugar perfecto para la preparación de los explosivos que causaron la tragedia del 11 de marzo de 2004.

Jamal Ahmidan, conocido como ‘el Chino’, alquiló esta casa para llevar a cabo sus planes terroristas, junto con otros cómplices. En su interior se manipularon las bombas que luego serían colocadas en los trenes de cercanías de Madrid, cobrándose la vida de 191 personas y dejando a más de 2.000 heridos. El recuerdo de aquellos días de horror sigue presente en la memoria de muchos, pero el paso del tiempo ha provocado que el tema se convierta en un tabú en la zona.

La finca ahora se encuentra cerrada y en silencio, con apenas indicios de lo que ocurrió allí. Los cipreses que rodean la propiedad parecen querer ocultar lo que sucedió en su interior, y los vecinos prefieren mantenerse al margen, evitando hablar del pasado. La casa, una vez abandonada y saqueada, ha sido reconstruida por un nuevo propietario, tratando de borrar cualquier rastro de su oscuro pasado.

El silencio que rodea a esta casa es solo un reflejo del silencio que se ha apoderado del valle del Narcea, donde la mina de caolín, Mina Conchita, fue el escenario de la sustracción de la dinamita que se utilizó en los atentados. Los habitantes de la zona prefieren no recordar aquellos días de tragedia, tratando de seguir adelante y olvidando lo sucedido.

En medio de la tranquilidad de la naturaleza, entre montañas y ríos, se esconde una historia de terror y dolor que ha dejado una profunda huella en la memoria colectiva de España. A pesar del paso de los años, el recuerdo de aquel fatídico día sigue presente en la mente de quienes vivieron de cerca los atentados del 11-M, marcando un antes y un después en la historia del país.

Una mina cegada, un valle inundado de silencios

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Para llegar a Mina Conchita, de donde se sustrajo la dinamita que causó el mayor atentado en la historia reciente de Europa, hay que bajar una pequeña cuesta que sale de la AS-15 a la altura del kilómetro 22 y cruzar el puente que usan a diario los trabajadores del embalse de Soto de la Barca, en el paraje de Calabazos. Carteles advierten del peligro de adentrarse en la instalación hidráulica, mientras se escucha el bramido del río Narcea, ahí abajo, muy abajo, serpeteando este valle de abruptas montañas pobladas de castaños y eucaliptos.

La carretera sigue tras el puente hacia la presa, pero para ir a la mina de caolín hay que adentrarse al otro lado, por un camino embarrado, en el que aparecen de repente tirados en el suelo guantes, bidones y cascos de minero. Material de trabajo habitual en el valle del Narcea. “Toda esta zona ha vivido toda la vida de la minería; está lleno de minas por todos los sitios”, contará luego un paisano en Tuña, un municipio cercano.

Alguien ha andurreado por el camino a Mina Conchita recientemente, ya que hay varios aperos -entre ellos un pico y un mazo- encima de una roca manipulada. Hay que seguir andando otros 200 metros, sorteando maleza y zarzas, para llegar a la entrada de Mina Conchita, al lado de un arroyuelo que descarga en el Narcea.

Enormes piedras apiladas ciegan la cueva, de la que sólo se intuye la entrada en forma de pico si a uno no le importa ponerse de barro hasta las orejas y se adentra mucho en la frondosa vegetación que ha crecido en estos años, que hace muy difícil encontrarla. Por las inmediaciones, sigue habiendo cables de detonación de colores de la que fuera mina de la empresa Caolines de Merillés, S.A.

Hasta allí, a finales de febrero de 2004, se desplazó en un Toyota Corolla el ex minero Emilio Suárez Trashorras, que se conocía bien el camino -había trabajado allí-, con el menor Gabriel Montoya. Tras hablar con dos personas “que vestían mono azul”, según recoge la sentencia de la Audiencia Nacional del 11-M, Trashorras volvió al coche y dijo: “Esto está hecho. Esto está bien”.

El 28 de febrero, en tres ocasiones más, Trashorras volvería a la mina con el terrorista Jamal Ahmidan, alias ‘el Chino’ o ‘Mowgly’, cerebro de los atentados, y otros yihadistas, a cargar los explosivos Goma 2 Eco que habían sido sutraídos de la mina y que fueron usados para fabricar las bombas que días después, el fatídico 11 de marzo, segaron la vida de 191 personas y causaron más de 2.000 heridos.

En una de las visitas a la mina, para la que le prestó unas botas al ‘Chino’, le comentó a éste “que se acordara de coger las puntas y tornillos que estaban unos 15 metros más adelante”. Trashorras fue condenado a 34.175 años de cárcel como colaborador necesario en los atentados [recientemente ha pedido la eutanasia ante su estado de salud mental y la larga condena que le queda todavía: otros 20 años más].

“Había mucho descuido entonces con la dinamita, mucha gente trabajaba en las minas; han sido muy importantes para este concejo”, explica Antonio, en otra de las pedanías del valle, mientras poda los arbustos de su jardín. Cuando se le pregunta por aquello, encoge los hombros: “Hace tanto tiempo ya…”. Al igual que la mina se cerró a cal y canto, el silencio inundó el valle tras los atentados, igual que el embalse de Soto de la Barca anegó el viejo pueblo de Bureba, cuyas viejas casas de piedra arrumbadas son visibles estos días por el bajo nivel del agua.

La gente del valle no quiere recordar el 11-M. “De aquellas se habló mucho pero aquello tampoco fue para tanto”, responde otro vecino de la zona que parece esforzarse para hacer memoria por acordarse de ello. “Fue una tragedia total. Para la zona fue un trauma, aunque la gente que trabajaba ahí eran más de Tineo, de Cangas…”, replica Juan, que acude a tomar café al bar de Tuña, uno de los pueblos que mantienen un poco de vida en el valle, que ahora vive el drama del desempleo que ha provocado el cierre de la central térmica del Narcea, que sigue en proceso de desmantelamiento.

“Recuerdos hay, pero la gente ya no quiere hablar de aquello, yo conozco a gente que trabajaba allí, algunos se fueron a otras minas”, dice otro paisano que prefiere “no dar” su nombre, pero sí que cuenta que el responsable del control de Mina Conchita, Emilio Llano, de Grado, que pasó dos años en prisión preventiva, pero fue luego exonerado, “quedó muy tocado de aquello”.  Falleció en 2010 de un cáncer. Tenía 49 años. «Dicen que de todo aquello pilló la enfermedad».

Junto a Cangas del Narcea, Tineo, que se alza con sus casas de colores en lo alto de una ladera, como si fuera una muralla, es el municipio más grande del valle. “En Mina Conchita eran pocos trabajadores”, cuenta José, ex minero jubilado que toma una cerveza en un bar del centro del pueblo, donde explica que el trasiego con la dinamita era habitual en las minas. “Es que donde no se podía dar con el martillo se usaba, para hacer los coladeros y los pozos”. Él se dedicaba al cuarzo, pero apunta que Raúl, que ahora vive en el pueblo, sí trabajaba en Mina Conchita.

“Vive en San Roque, sí”, confirma un policía municipal, que recuerda que estuvo en la cárcel por los atentados. Era, es, Raúl González Peláez, ‘el Rulo’, minero artillero, quien habría facilitado explosivos a cambio de cocaína a su ex compañero Trashorras, sin conocer para qué serían destinados. Él mismo reconoció en el juicio el descontrol que había con los explosivos en Mina Conchita y que la llave de los minipolvorines se dejaba encima de una piedra o un árbol. La Audiencia le condenó a cinco años como autor de un delito de suministro de explosivos, pero el Tribunal Supremo le liberó meses después ante la “debilidad” de la prueba de cargo contra él.

Ahora trabaja en la vaquería de sus suegros en lo alto del pueblo. Nadie parece saber a ciencia cierta si tuvo que ver o no con las epxlosiones de los trenes de Madrid. “Mira que vi en el periódico mucho hablar de él. Háblose mucho entonces, pero ya no; a él ya no se le ve casi, ni habla con nadie. Antes era mucho de ir a bares, pero ya casi no se le ve”, comenta un paisano por la zona de San Roque, junto al polideportivo. Es la hora de comer y en la vaquería no hay nadie ya. Varias vacas pastan tranquilas en el prado. Alguien nos indica la casa donde podríamos encontrarle. Es una casa baja con finca custodiada por un pastor aleman. Sale una señora mayor a recibirnos.

– Buenos días, perdone, venimos buscando a Raúl, somos periodistas, que hemos venido a hacer un tema del 11-M

– No está aquí, pero tampoco hablaría con ustedes de aquello.

Otro de los silencios más que inunda el valle del Narcea. 

La casa escondida de las bombas

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”Mire, es ahí, ve el pino ese grande, pues debajo”. Un vecino del diseminado del Polígono 44 de Chinchón apunta a una amplia finca a apenas 300 metros de su casa. Está en una zona de campo, donde se reparten aquí y allá pequeñas casas con huertos o piscina a ambos lados de la carretera M-313, al sureste de Madrid. Un sitio anónimo, alejado del ruido, que fue elegido por el terrorista Jamal Ahmidan, ‘el Chino’, para alquilar la casa donde se manipularon las bombas que se usaron el 11-M.

Para llegar a la amplia finca, rodeada ahora por un perímetro de cipreses que casi no permiten ver el interior, hay que adentrarse por un camino de arena lleno de baches. Hay echado un candado a la puerta, tras la que se ven placas solares y una construcción relativamente reciente, nada que ver con las fotos que se distribuyeron tras el 11-M.

No hay nadie hoy en la finca donde se perpetró el mayor atentado terrorista sobre terreno europeo y que es casi imperceptible desde la carretera de Morata de Tajuña. De hecho, la dueña de la casa no consiguió alquilarla durante mucho tiempo y, abandonada, quedó a merced de saqueadores y vándalos. El nuevo dueño la rehizo prácticamente entera.  

Como quedó demostrado en el juicio, los terroristas excavaron un agujero en el cobertizo anejo a la casa para guardar los explosivos y de hecho después de hallarían restos de restos de nitroglicol y nitrato de amonio en las placas de poliespán que lo recubría. Los policías también encontraron en el registro que se hizo a la casa dos semanas después de los atentados detonadores y restos de dinamita Goma2-ECO. Las pertenencias de los terroristas se mantuvieron en la vivienda hasta meses después de los atentados.

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Pese a que alquilaron la finca pocos meses antes del 11-M, los habitantes eran conocidos en la zona. “Les conocía de vista, él, el de las gafas [en referencia a El Chino]“Tenía una cabra y se escapó y él bajó allí a buscarla”. «, Dice Manolo, que cruza un campo de maíz para coger el autobús, una de cuyas paradas está muy cerca de la estación de bombeo. “Él y esa mujer tenían un apodo, tenían al niño entre ellos, sí”, dice el jubilado, que como muchos habitantes de Chinchón construyó su pequeña casa de campo en la verde llanura del Tajuña.

Manolo recuerda incluso que “cuatro días” antes del atentado, cuando seguramente ya estaban pergeñadas las bombas con la dinamita procedente de Mina Conchita, ‘El chino’ les ayudó a pagar la obra en la pista der arena. Entre varios vecinos del diseminado, habían puesto dinero para arreglar el camino de cabras y alisarlo, y el terrorista “pagó su parte”, dice Manolo, que resopla al ser preguntado qué pensó cuando se enteró de que eran los yihadistas. “Buffff. Y luego que si la casa de Morata y Morata, pero qué leches Molarata, sí esto es Chinchón”, protesta.

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No le falta razón. Todo este diseminado pertenece en verdad a Chinchón, el municipio de al lado, pero un error en un primer informe policial que luego se trasladó al juzgado y a los medios de comunicación hizo que el fallo se mantviera en el tiempo.“El Ayuntamiento de Morata de Tajuña solicita a los medios que no renombren dicha finca como “la casa de Morata de Tajuña”, porque no está ubicada dentro del término municipal. Solicitamos que no se relacione el buen nombre del municipio con un hecho tan dramático para la sociedad española”, rezaba uno de los últimos comunicados del Consistorio tras los atentados en Cataluña de 2017. 

La huella del dolor de Santa Eugenia

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No hay nadie en Santa Eugenia, el humilde barrio de Vallecas en cuya estación explotó una de las bombas, que no tuerza el gesto cuando se le pregunte por el 11-M. “Puffff, fue terrible, 20 años ya, ¿eh?”, cuenta Lola camino de la estación de Cercanías, mientras pierde la mirada y se pone a recordar. “Mi hija salvó la vida de milagro, iba a coger ese tren para ir al instituto, pero se volvió a casa porque había perdido el móvil…aquí todo el mundo perdió gente que conocía… familia, amigos…”, relata la mujer frente al monumento Ilusión Truncada, levantado en recuerdo de las víctimas.

A las 7.38 horas explosionó en Santa Eugenia la bomba del tren número 21713, que había salido de Alcalá de Henares a las 7.14 con el artilugio explosivo que había sido colocado por Jamal Zougam, según recoge la sentencia de la Audiencia Nacional. 14 personas fallecieron y hubo decenas de heridos. Los vecinos del barrio que murieron aquel día fueron muchos más, ya que también viajaban en los otros trenes que explotaron en la misma línea hacia Madrid: El Pozo, Tellez y Atocha. Y es que para Santa Eugenia, que está encajonada entre el casco histórico de Vallecas y el trazado de la A-3, el servicio de Cercanías era el medio más efectivo para ir hacia el centro de la capital: estudiantes, trabajadores, universitarios… Un ‘agujero de gusano de hierro’ justo al fondo de este barrio de apenas 22.000 habitantes que en pocos minutos te llevaba al centro.

“En memoria de las víctimas del 11-M. Tormentas de fuego y hachas. Cegaron la luz del día. Tan presente vuestra ausencia. Para siempre en nuestras vidas”, reza la poesía que escribió el poeta Sixto Eleta Andrada al pie de escultura, de metal acero corten, frente a la que pasan esta tarde muchos viajeros cada pocos minutos porque son horas de volver del trabajo, de la universidad.   

“Estaba en ese tren, pero en otro vagón y no me pilló”, relata Alfonso, jubilado, mientras pasea por una suerte de plaza alrededor de la que se levantan bloques de diez y doce alturas, con comercios en los bajos, la mayor parte cerrados. “Recuerdo que forzaron las puertas y salimos. Atendí a un chaval que tenía una brecha en la cabeza. Estuve un poco con él. Hasta que llegó el Samur, fue un shock, la verdad. Falleció la mujer de un amigo mío… son 20 años, en fin, ya ha pasado eso”, añade como si cuatro lustros fueran suficientes para pasar página. Algo que muchos, la mayoría, no han conseguido hacer. 

A Honorio aquel día se le heló el corazón porque cuando oyó lo de las bombas en la radio estaba en otra parte de Madrid, trabajando. Tenía a la mujer y al hijo en casa. “Era ya tarde, como las 11 de la mañana, y yo venga a llamar, y las líneas estaban saturadas, hasta las 12 o así que me lo cogieron”, recuerda en las puertas del bar La Tomasa, donde varios grupos de jubilados echan un mus.

En la ventana del bar un cartel recuerda los actos de homenaje que habrá en el barrio de cara al 20 aniversario de la tragedia, que dejó en la gente “un miedo escénico”, relata Honorio. “Se sigue hablando del tema, claro, sobre todo cuando llega marzo. Yo tengo un amigo que se quedó sordo. Tras la bomba, se quedó aturdido, y se fue directo a su casa, y se metió a la cama”, explica el vecino sobre quizá la mejor manera de olvidar [al menos por un rato]olvidando el sueño. “Muchos amigos murieron”, cuenta el dueño de una ferretería cercana, que cuando llegó al barrio “para abrir, estaba todo cortado”. Ese mismo día no sabía a quién golpearía. Al día siguiente llegó el jarro de agua fría.

“Hoy por hoy todavía me dan escalofríos”, cuenta María Catalina, trabajadora de la farmacia del barrio, que al ser preguntada sale y todo del mostrador porque lo que entonces vivieron no se le ha ido de la mente: “Fue algo que no se puede olvidar. Es algo que da mucha impotencia y mucha tristeza”. Aquel día abrieron antes para tratar de ayudar a los vecinos afectados en lo que fuera posible. María rememora cómo vio “a vecinos que corrían desesperados hacia el tren en busca de sus familiares y que muchos no supieron nada hasta las once de la noche”. De hecho, recuerda, muchos vecinos se encontraron en Ifema, donde se instaló la morgue y se reconocieron los cadáveres.

Tras los atentados, el silencio y “la calma” enmudecieron este el bullicioso barrio, con cada vecino viviendo su propio duelo para dentro. Durante estos 20 años han seguido atendiendo a los que tuvieron secuelas, que son bastantes. Personas que quedaron sordas, a las que afectó la metralla... “Había clientes de toda la vida, padres, jubilados, maridos…Un amigo mio perdió a la mujer, que estaba en el tren de Atocha”, continúa la farmacéutica, a la que sobre todo impactaron las secuelas que dejó a la gente mayor que perdió a sus hijos, que eran abuelos. “¿Qué hacer cuando eres abuelo y tienes que decirle a tus nietos que han perdido a sus padres”, se pregunta María Catalina, que radmite que cada uno lo llevaba cómo puede, pero que el dolor sigue ahí: “Hay gente incluso que, a modo de autodefensa, no quiere hablar de ello”.  

El bloque maldito de Leganés

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Miguel, trabajador de la construcción, estaba a media tarde de aquel 3 de abril arreglando la bicicleta en el trastero de su urbanización de Leganés Norte cuando pensó que igual la reparaba mejor en casa, que todavía había luz. Al subir, en el portal, se encontró con un vecino que le dijo, preocupado: «Oye, mira esos dos que ves ahí, dicen que son policías». «Pues si lo dicen serán, ¿no?», le respondió Miguel, que empezó a tener la mosca detrás de la oreja cuando, una vez en casa, vio merodear a personas que no eran de la zona por su calle, Carmen Martín Gaite, una ancha avenida de este barrio residencial de una de las ciudades más pobladas de Madrid.  

«Un poco antes de las ocho o así vino la Policía y nos dijo que abandonáramos los pisos. Ya se habían oído disparos», relata con precisión, como si hubiera sido ayer, mientras ordena su furgoneta en la propia Martín Gaite, a pocos metros del piso donde siete terroristas del 11-M se inmolaron al verse acorralados por la Policía, llevándose por delante la vida del agente del Grupo Especial de Operaciones (GEO) Francisco Javier Torronteras. 

Al salir de casa, notaron que «algo gordo» estaba pasando y de hecho vieron a los miembros de los GEO bajar de una furgoneta “azul oscuro”. Las calles estaban cortadas y había un perímetro de seguridad a 300 metros alrededor de la finca, construida en 1997. Miguel se fue con su familia a la casa de un amigo, en una urbanización a unos 500 metros y jura que «la puerta del portal tembló» con la explosión, que se produjo poco después de las nueve de la noche. La deflagración, que se produjo cuando los GEO iban a entrar al piso tras una infructuosa y tensa negociación, destrozó la primera planta -en uno de cuyos pisos estaban los terroristas- y la segunda del número 40 del bloque. «Montaron una carpa cerca de donde estábamos, y los policías llegaban como si les hubieran tirado un saco de cemento encima», recuerda.  

A las tres de la mañana, volvieron a casa. Dice que había restos de un cadáver en la valla de la piscina. A la mañana siguiente bajó a hablar con la Policía porque tenía el coche en la plaza contigua al de uno de los terroristas. «Yo estaba preocupado, claro, pero me dijeron que lo habían revisado los TEDAX y estaba limpio». Los atentados marcaron para siempre esa urbanización. Pocos vecinos quieren hablar de aquello y responden con una fría mirada cuando se les pregunta.   

«Mucha gente de ese portal se ha ido, no querían quedarse a vivir», confirma Miguel. El bloque entero de los portales 38 y 40 se tiró abajo y se reconstruyó de nuevo, pero ya quedan pocos vecinos de los de entonces en este inmueble de cuatro plantas. Los que hay o lo han alquilado o lo han vendido. “Hoy por hoy de aquello no se habla, la gente lo tiene muy tabú”, confirma Aroa, vecina de enfrente del bloque.

“Yo conozco gente que vive ahí y dicen que muchos se han marchado, no lo superaron, es que imagínate, incluso semanas después seguían apareciendo trozos de cadáveres o de metralla por ahí, en la piscina”, relata un operario municipal que trabaja por la zona y recuerda el operativo policial de aquel día, con el helicóptero sobrevolando la ciudad desde primera hora de la tarde, cuando Abdelmajid Bouchar, uno de los terroristas que había bajado la basura se percató de la presencia policial y emprendió la huida a pie [fue detenido al año siguiente en París].

“Yo estaba trabajando en el Carrascal y vimos que algo estaba pasando con tanta policía que no nos dejaba pasar. Justo cuando estaba saliendo de currar oí el boom”, relata. “Los terroristas pasaron desapercibidos. Este es un barrio bien, pero hay mucha mezcla, porque hay dos bloques de pisos sociales”, apunta. El piso, según recoge la sentencia de la Audiencia Nacional, había sido alquilado pocos días antes del atentado por Mohamed Belhadj, hermano del procesado Youssef Belhadj por 600 al mes. Pocos comerciantes de los de entonces se mantienen. La farmacia que está en los mimos bajos del bloque abrió hace cinco años: “Algo nos comentaron en su día los vecinos, sí, pero no se habla mucho”.

Aquí va la fuente original para saber más.

Por Juan Manuel González López

Juan Manuel González López, nacido en Alcalá de Henares, es un periodista español especializado en información deportiva. Ha trabajado para varios medios de comunicación en España, como El País, Marca y AS. González López comenzó su carrera profesional en el departamento de deportes del diario El País, donde trabajó durante cuatro años. A continuación se incorporó a la plantilla del diario deportivo Marca como reportero. Tras dos años en Marca, se trasladó a AS, otro diario deportivo y amplió su registro periodístico.