Mar. May 21st, 2024

El estallido de la Revolución francesa del año 1789 alteró el equilibrio internacional europeo, poniendo a España en una de las fronteras del foco revolucionario. 

Las medidas destinadas a evitar el contagio revolucionario fueron eficaces, pues más allá de aislados grupos de simpatizantes, como es el caso de la conspiración de Picornell en el año 1795, el consenso social en España fue contrarrevolucionario, activamente apoyado por la Iglesia española y controlado por la Inquisición, que actuó de cordón sanitario. 

Tras la reconducción del proceso interno francés con la reacción thermidoriana del año 1794, que aupó al poder personal de Napoleón en el año 1799, las prioridades españolas cambiaron, y se optó por renovar la tradicional alianza franco-española con los llamados Pactos de Familia.

Desde el año 1792, el válido Manuel Godoy que era un ambicioso militar de oscuro origen protegido por la reina , ennoblecido con el título de Príncipe de la Paz, desplazó del poder a la élite aristocrática ilustrada que venía gobernando el país desde el reinado de Carlos III, con Floridablanca, Aranda, Jovellanos…, en algunos casos llevándoles literalmente al destierro o a la cárcel. 

El limitado éxito de la guerra de las naranjas contra Portugal en el año1801, consiguió un mínimo reajuste fronterizo. Mucho más decisivas fueron las graves consecuencias de la batalla de Trafalgar, del veintiuno e octubre del año 1805, donde se perdió la mejor parte de la marina de guerra española. 

A pesar de la derrota, la vinculación de la posición de Godoy a la subordinación al emperador Napoleón llevó a la firma del Tratado de Fontainebleau del año 1807, que preveía la invasión conjunta de Portugal, que era el punto débil en el bloqueo continental contra Inglaterra y que de hecho sirvió, para que varios cuerpos de ejército francés ocuparan zonas estratégicas de España.

La economía española en aquella época en su conjunto presentaba una economía mercantilista, en la que no se localizaban los mecanismos de apropiación y acumulación propios del modelo capitalista. 

Los hechos principales que impedían el desarrollo industrial pueden sintetizarse en los siguientes:

  • La existencia de un mercado interior reducido y fragmentado. El mercado español según Josep Fontana era “una agregación de células rurales aisladas, con un tráfico insignificante entre ellas”. 

El estallido de la Revolución francesa del año 1789 alteró el equilibrio internacional europeo, poniendo a España en una de las fronteras del foco revolucionario

La razón fundamental de la compartimentación del mercado era la ausencia de medios de transporte, que conectaran adecuadamente los distintos mercados locales. Existía también un bajo nivel de demanda que venía motivado por la baja densidad de población en España en comparación con países vecinos y por un nivel de renta que se encontraba también muy por debajo de otros países europeos como Francia e Inglaterra.

  • La presencia de una agricultura tradicional de subsistencia con un fuerte componente de autoconsumo que solo intercambiaba escasos excedentes por productos procedentes de la pequeña industrial artesanal local.
  • La situación general del Estado, con un déficit presupuestario permanente, arrastrado desde que se puso término a las remesas americanas de plata. Este déficit permanente condicionaba la política económica, forzando la emisión masiva de deuda pública, agravado por un sistema tributario incapaz de generar ingresos suficientes. 

Esto contribuía al denominado efecto expulsión de la economía privada y al estrangulamiento de la misma por parte del Estado, que impedía el nacimiento de nuevos proyectos privados al acaparar con deuda pública la financiación, que habría sido necesaria para emprender esos proyectos privados.

  • La ausencia de instituciones financieras adecuadas para impulsar el proceso de industrialización.

La excepción a toda esta situación fue Cataluña, donde sí se podían encontrar indicios de un proceso similar al llevado a cabo en Inglaterra. En el caso catalán la producción agrícola desde principios del siglo xvii se vio encauzada hacia la comercialización a través de una mayor intensificación y especialización de los cultivos. 

Este proceso se vio reforzado por la existencia de una fuerte demanda exterior. A esto, se añade una acumulación externa de capital originada por el comercio colonial.

Otros factores de trascendencia en el retraso del proceso de industrialización en España son:

  • Un menor impulso de la empresa en España, en comparación con otros países europeos como Gran Bretaña, Francia y Holanda.
  • Sirva como ejemplo que el nivel de analfabetismo era del 54,2 % en los hombres y del 74,4 % en las mujeres nivel de la tecnología y la educación en España eran reducidos en los inicios del siglo XIX.
Francisco de Goya
Francisco de Goya

La profunda crisis económica del cambio de siglo mostró de forma dramática la debilidad estructural del Antiguo Régimen en España, ante la que la crisis fiscal de la Monarquía, la crisis comercial y financiera provocada por las guerras, solo eran un aspecto coyuntural. 

De causas mucho más profundas:

  • El agotamiento del ciclo demográfico alcista del siglo XVIII. 
  • La falta de reformas agrarias que permitieran un aumento significativo de la producción, como el resto.
  • La falta de desarrollo de los proyectos ilustrados desde el catastro de Ensenada del año 1749, no se llegó a materializar por la oposición de los poderosos grupos privilegiados a los que afectaba.
  • Las únicas excepciones habían sido el recorte de los privilegios de la Mesta por Campomanes entre los años 1779 y 1782.

Debemos destacar la importancia científica y estratégica que habían alcanzado las expediciones españolas y la prometedora situación de la ciencia y la tecnología españolas, que había alcanzado una posición solo algo más retrasada, que la de los países europeos más avanzados.

Estos avances se deterioraron drásticamente debido a la incapacidad del Estado de seguir sosteniendo unos esfuerzos, que el atraso de la estructura socioeconómica no estaba en condiciones de suplir por una iniciativa privada incomparablemente más débil, que la que en la Inglaterra de la época estaba protagonizando la revolución industrial. 

La persecución o el desprecio a los que fueron sometidos algunos de los principales impulsores de la modernización científico-tecnológica española, como es el caso de Alejandro Malaspina, Agustín de Betancourt terminó beneficiando a otras naciones, como ocurrió con la más prometedora de todas las empresas: las investigaciones americanas de Alexander von Humboldt, iniciadas bajo patrocinio español.

La impopularidad cada vez mayor de Godoy llevó a la formación de un partido fernandino dentro de la Corte, que preparó el motín de Aranjuez, que fue un golpe de Estado que logró deponer al válido y la abdicación del rey Carlos IV en su hijo mayor Fernando VII, que no consiguió asentarse en el trono a causa de la intervención de Napoleón, que consiguió llevar a toda la familia real a reunirse con él en Francia, virtualmente como prisioneros.

Lo que hace la revolución francesa es barrer las formas del Antiguo Régimen. Como dice Tocqueville, tanto la revolución francesa como los sucesos posteriores al año 1808 no tuvieron únicamente por objeto cambiar un gobierno antiguo, sino abolir una forma antigua de sociedad.

El Antiguo Régimen en España provoca como estamos viendo una economía rural y autárquica, poco dada a los cambios y en consecuencia a una demografía sacudida periódicamente por las catástrofes cíclicas.

Es una sociedad en que las distinciones se basan en una noción jurídica peculiar, de acuerdo con la cual cada orden o estamento tiene un estatuto que nace del desempeño de unas funciones y del disfrute de unos privilegios.

Con las noticias revolucionarias se produjo la drástica limitación de las posibilidades de tolerancia en el marco del régimen de despotismo ilustrado. Desapareció una parte de la prensa y al resto se le prohibió cualquier alusión directa al gobierno

España al final del Antiguo Régimen tenía una población entre diez y doce millones de habitantes. La población era mayoritariamente rural. Madrid sólo tenía 200.000 habitantes.

El peso de la agricultura era cinco veces superior a lo que aportaba la industria y la principal producción industrial eran las tejas y las baldosas. Solamente trabajaban en la industria doscientas mil personas, principalmente eran artesanos excepto los de la producción textil. El número de comerciantes y de funcionarios eran unos treinta mil cada uno.

La posesión de la tierra constituía el fundamento económico de la sociedad estamental. Si seguimos a Canga Arguelles, dos tercios de la propiedad estaba amortizada, siendo la mitad del total en régimen de señorío.

La distribución era extraordinariamente irregular. La iglesia poseía la mitad de la tierra en Galicia, pero muy poca en Granada y el País Vasco. El régimen señorial suponía el 95% de la Guadalajara actual, pero no existía en el País Vasco.

La mayor parte de España estaba arrendada a plazo corto y arbitrario. El señor tenía además unos privilegios y era objeto de unas prestaciones, que de hecho le convertían en dueño de la industria y el comercio en su señorío.

Entre los estamentos privilegiados destaca el clero que contaba con unos 150.000 miembros. La crítica a los privilegios del clero se ejercía sobre todo respecto a las órdenes religiosas.

Sirva como ejemplo la ciudad de Alcalá de Henares, que con una población de cinco mil personas tenía una iglesia magistral con seis dignidades, 29 canóngias, 58 racioneros y 54 capellanías, diecinueve conventos de frailes y ocho de monjas.

Se ha calculado que el clero podía tener en sus manos entre una quinta y una sexta parte de la riqueza total y una cuarta parte de los arrendamientos urbanos.

La nobleza contaba con unas 480.000 personas, pero Asturias y el País Vasco significan la mitad de la nobleza. Nada tenía que ver esos nobles con los tan solo 1.300 titulados, algunos de los cuales, como el duque de Frías tenían jurisdicción sobre casi dos centenares y medio de núcleos de población solamente en Castilla León o el duque de Medinacelli, dueño de todo el sur de Soria.

Las unidades territoriales carecían de la regularidad de la provincia implantada por la revolución liberal y no existía un sistema único de pesos, medidas y monedas y el sistema fiscal era complicado y profundamente injusto. Navarra conservaba sus fueros y tenía sus aduanas en el río Ebro e igual sucedía con las provincias vascas.

El poder del rey no era el de un magistrado, sino que revestía un carácter sagrado o se constituía en una relación con los súbditos paralela o semejante a la familiar.

Desde comienzos de siglo se reunían juntos los procuradores de toda la península manteniendo sólo Navarra, Cortes propias. La función de las Cortes se había ido reduciendo al reconocimiento del heredero y a los actos del juramento del mismo.

El modo de vida de organización social y política experimentó una profunda quiebra durante el reinado de Carlos IV. Desde la Ilustración, la crítica a los estamentos privilegiados había insistido en el carácter disfuncional de la nobleza, por su carencia de preparación burocrática y por el cambio de forma de hacer la guerra. 

La crisis del papel concedido a la iglesia derivaba no sólo de la inutilidad de las órdenes religiosas sino también de la ignorancia.

La crisis institucional del Estado procedía de esa superposición de instituciones con unas atribuciones poco precisas o confusas, que impedían ser un instrumento para cumplir los propósitos del despotismo ilustrado.

La crisis financiera llevó a recurrir a unos procedimientos de recaudación que atentaban contra la tradicional estructura de privilegio estamental, en que el Antiguo Régimen se basaba. A esa crisis hubo, que sumar de carácter político provocado por la discordia interna.

La evolución ideológica producida en el final del siglo XVIII que lleva, a su vez, desde el despotismo ilustrado al liberalismo y a las doctrinas de alianza entre el trono y el altar. Al mismo tiempo, surge el movimiento romántico.

La crisis económica de finales del siglo XVIII tuvo como primer origen un fenómeno habitual y recurrente en este tipo de vida económica, las malas cosechas y la consecuente crisis de subsistencia.

La última década del Antiguo Régimen presencia una serie de malas cosechas que tuvieron las consecuencias habituales, es decir, protestas y motines espontáneos y de propósito indefinible, pero que contribuían a crear en los estamentos privilegiados la sensación de que una conspiración estaba en marcha para destruir el orden tradicional.

Para la estabilidad del Antiguo Régimen más grave fue aún la crisis financiera provocada por la guerra. Hay una crisis en la posición internacional de España que, si a lo largo del siglo XVIII había mantenido una posición estrictamente racionalista y que, por tanto, se apoyaba en Francia para contrapesar el poder marítimo británico, ahora se encontraba con la contradicción de tener que alinearse con una potencia revolucionaria por razones geoestratégicas, mientras que era su antagonista en el terreno ideológico.

Había una copla popular muy cantada por todo el país y que decía:

¿A quién se ofende y se daña?

A España

¿Quién prevalece en la guerra?

Inglaterra

¿Y quién saca la ganancia?

Francia

En este sentido son esclarecedoras las palabras de Godoy que dice “no era posible elegir sino entre dos males: la guerra con Francia o con Inglaterra”. 

Como consecuencia de las continuas guerras, en el año 1799, había en circulación 145 millones de pesos en vales reales, una cantidad muy superior a todo lo acuñado por las cecas españolas en las tres últimas décadas. La depreciación de los vales era del orden de 22% en el año 1795. Ya había alcanzado su devaluación al 75% en el año 1802.

La combinación entre las malas cosechas y la impresión de vales reales tuvo unos resultados desastrosos sobre los precios que en el año 1797 se habían elevado un 100% respecto al año 1751. Se llegó a una gravísima crisis fiscal en el año 1797 pues los ingresos fueron de 478 millones y los gastos de 1.423 millones.

El historiador Richard Herr diece: “En los dos últimos años que transcurrieron entre los años 1798 y la ocupación napoleónica de la península, el gobierno de Carlos IV, agobiado por los gastos de la guerra y los desastres naturales, se agarró a la propiedad de las manos muertas como un clavo ardiendo, para salvarse de la bancarrota catastrófica”.

El gobierno decide enajenar los bienes de establecimientos públicos de beneficencia en septiembre del año 1798, invitó a los obispos a hacer lo mismo con los de las capellanías, a cambio de recibir un 3% anual, también se pusieron en venta los bienes de la Compañía de Jesús y de los Colegios Mayores.

A los poseedores de bienes de mayorazgo se les concedía la posibilidad de enajenarlos a cambio de un interés semejante al mencionado anteriormente.

Se enajenará en total la sexta parte de los bienes eclesiásticos. Esta primera desamortización se llevó a cabo especialmente en el sur, donde el porcentaje fue mayor.

La venta de los bienes eclesiásticos se llevó a cabo, en el año 1804, también en las Indias y en años sucesivos, el Rey consiguió del Papado permiso para enajenar todavía más bienes de la iglesia, pero no le dio tiempo de hacerlo.

A pesar de esta desamortización no se consiguió aliviar la situación financiera, llegando incluso a dejar de pagar a los empleados de la Casa Real y tampoco se atendió a los intereses de los vales.

La monarquía española de los Borbones se había hecho así cargo de servicios sociales como los sanitarios y había emprendido un camino desamortizador que los liberales llevaría finalmente a cabo de modo definitivo.

El historiador Alcalá Galiano describe de esta forma la situación:

“Veíase el gobierno en general aborrecido y despreciado. Lo mereció, sin duda, pero tal vez excedía en punto tal lo sentido a lo merecido. No alcanzaba el odio al rey, pero sí el desprecio haciéndole favor la voz popular en cuanto a las intenciones que le suponía, pero teniendo en poco su carácter. El aborrecimiento a la reina llegaba al extremo increíble, sólo igualado por él con que se miraba al Príncipe de la Paz, su privado y valido, reputado con bastante pero no con completa razón, el verdadero monarca. Al revés, el Príncipe de Asturias era no sólo sino varios, figurándose gentes de diversas y contrarias opiniones en su persona imaginadas todas las prendas que en un monarca futuro deseaban”.

Con las noticias revolucionarias se produjo la drástica limitación de las posibilidades de tolerancia en el marco del régimen de despotismo ilustrado. Desapareció una parte de la prensa y al resto se le prohibió cualquier alusión directa al gobierno y sus magistrados.

Al mismo tiempo, que de la Ilustración se pasaba al liberalismo, nacía también el absolutismo reaccionario basado en las tesis de la alianza entre el trono y el altar en contra del peligro revolucionario. Como sucedía con el pensamiento liberal, también este tipo de pensamiento tenía esa procedencia geográfica francesa y también sufrió las mismas dificultades para su difusión en España.

Queda así abierta a inicios del siglo XIX la posibilidad de un cambio fundamental en la sociedad española. La larga lucha para que se produzca y la paralela reducción de España al status de potencia de segundo orden tanto en lo que respecta a las relaciones internacionales como en el aspecto económico.


BIBLIOGRAFÍA

Capel Martínez,Rosa María; Cepeda Gómez, José. “El Siglo de las Luces: Política y sociedad”. 2006. Editorial Síntesis. Madrid.
Fontana, Josep. “La crisis del Antiguo Régimen, 1808-1833”. 1979. Crítica. Barcelona.
Giménez López, Enrique. “El fin del Antiguo Régimen. El reinado de Carlos IV”. 1996. Historia 16-Temas de Hoy. Madrid.
La Parra López, Emilio. “Manuel Godoy. La aventura del poder”. 2002. Tusquets Editores. Barcelona.
Lynch, John, “El siglo XVIII”. 1001, Crítica. Barcelona.
Martínez Shaw, Carlos. “El Siglo de las Luces. Las bases intelectuales del reformismo”. 1996. Historia 16-Temas de Hoy. Madrid.
Sánchez Mantero, Rafael. “Fernando VII”. 2001. Borbones, 6. Madrid: Arlanza. 



Aquí va lafuente para saber más.

Por Eva Martínez Castillo

Eva Martínez Castillo es una periodista española especializada en reportajes de investigación. Ha trabajado para algunos de los principales medios de comunicación españoles, como El País y El Mundo. Martínez Castillo es conocida por sus intrépidos reportajes sobre temas delicados, como la corrupción gubernamental y el narcotráfico. En reconocimiento a su trabajo, ha recibido numerosos premios, entre ellos el Premio Nacional de Periodismo en 2006.